22:56:00

Herencia


A Juanjo Hernández



La siesta en el patio, haga frío o haga calor. La pileta llena de agua y jabón, la espuma, el olor de la ropa antes y después de ser lavada. Todo eso lo conozco desde muy chica. Durante las siestas de mi infancia, las horas se volvían largas y el aburrimiento espantoso. No tenía muñecas ni amigas.

Hoy lavo grandes cantidades de ropa en pocas horas; casi siempre, antes de echarle jabón al agua, vuelve la imagen de mi mamá fregando y enjuagando, colgando ropa de manera mecánica. Al principio conversábamos mientras lo hacía. Ella me hablaba de su niñez en el campo, o inventaba historias: algunas que me alegraban mucho, otras que me hundían aun más en mis penas.

Hoy, que lavo grandes cantidades de ropa en pocas horas, entiendo por qué hubo un momento en que dejamos de hablar. Me doy cuenta de que, entre palabra y palabra, ella se distraía y descuidaba su labor. Y eso no nos convenía: cuanto más lavara mamá, más dinero ganaría.

Fue entonces cuando el silencio entre las dos me trajo bostezos sin sueño. Me la pasaba mirando. Cuanto más miraba, descubría algunos secretos velados por la siesta. Sentada a la sombra pude ver cómo la ropa colgada reverenciaba al viento: los pantalones movían sus piernas, las remeras agitaban sus brazos como si intentaran volar, las corbatas se retorcían como víboras multicolores.

Era bastante entretenido. Pero sabía que ver lo mismo a diario era ir directo al hastío, porque a la larga resultaría aburrido ver las ropas agitarse siempre de la misma manera. Sólo las sabanas, que a veces hacían panza con distintas formas, renovaban el espectáculo. Igual, después de unos días sabía cómo embolsaban el viento y adivinaba la forma.

Cuando era chica, pensaba que mamá no se aburría. Según mi razonamiento, ella se la pasaba distraída, lavando. Por eso, un día le pedí algo de ropa, quería ayudarle. Me dijo que era muy chica para esas cosas, que no sabría hacerlo y que terminaría estropeando alguna prenda. Me dio tanta bronca que le grité, le dije que estaba aburrida, y ella me miró como para retarme. En ese momento sentí cómo las lágrimas me mojaban el cachete. La mirada de mamá cambió. Con la cabeza ladeada, la oreja casi tocándole el hombro derecho, me dijo que aguantara un cachito, que le faltaban unos cuantos pantalones. Después nos bañábamos y salíamos a caminar un rato. Yo le dije que sí con la cabeza, porque no podía hablar; ella se acercó, se secó las manos en la pollera y me agarró del mentón. Tenía las manos frías, ásperas y con olor a jabón.

Me soltó, buscó debajo de la pileta y sacó un balde celeste. Lo llenó con agua y le echó un puñado de jabón. Me llamó. Metió la mano y agitó el agua en el balde. Vi cómo se levantaba la espuma. Me dijo que jugara con eso hasta que ella terminase de lavar.

Al otro día, mamá tenía doble cantidad de ropa para lavar, así que yo sola preparé el balde celeste. La tarde anterior, después de bañarnos, nos habíamos quedado en casa. A mamá le dolía mucho la espalda y nos sentamos a charlar: me contó que mi abuela era lavandera, y que ella también se aburría cuando era chica. Me contó que una vez, mi abuela le había enseñado algo así como una fantasía que se lograba con un balde, agua y jabón. Le dije que yo no había encontrado nada fantástico en eso, que más bien me parecía estúpido eso de jugar con la espuma. Entonces me sonrió y me contó el secreto.

Desde ese momento supe qué hacer con el balde, el agua y el jabón. Jugaba a que yo era el viento y las espumas eran nubes y el fondo del balde, el cielo. Después era al revés: el cielo era cielo y el fondo del balde mar, las espumas eran islas pequeñas, lástima que no había barcos.

Hoy recuerdo que desde un principio sabía que, al final, de eso también me iba a aburrir. Y cuando eso me aburrió, mi mamá volvió a ingeniárselas para darme algo con qué entretenerme.

Pero un día se terminó. Mi mamá se enfermó y tuvo que dejar de lavar. La última vez que la vi fue en un hospital. Estaba dormida y no me dejaron hablarla. Una de mis tías se hizo cargo de mi crianza, y ahí sí que había de todo, menos un balde con agua y jabón.

Al año, mamá murió de algo que no me interesa recordar, como no me interesa recordar lo que ocurrió después.

No sé por qué hay imágenes que están, que sobreviven, y otras que se van, se borran. Sé que hay un recuerdo para cada momento; por eso, cada vez que veo la espuma o cuelgo algún pantalón, me acuerdo de mamá, de sus manos ásperas y frías, de sus relatos; recuerdo sus intentos de meter cielo y mar en un balde para que yo no me aburriese. Esa actitud desesperada que recién hoy comprendo, cada vez que lleno de agua un balde, le echo jabón y se lo entrego a mi hija para que juegue.


22:51:00

Camino al sur




Me llamo Antonio Pérez Zelarayán. Maté a dos de sus hombres y herí a otro. Los demás no cayeron porque un soldado viejo, a punta de fusil, me obligó a soltar el puñal.

Había parado en lo de Don Carlos. Ocupaba la mesa que daba al patio. La luna llenaba de luz el lugar. Uno, más bien bajo, se acercó y me dijo que me levantara. Le vi la cara, el bigote, los ojos sin brillo. Atrás apareció el otro.
30 de julio. Teresita tampoco sabe explicarme qué está pasando. Son los incendios, me ha dicho mi madre anoche. A papá se lo pregunté esta mañana. No es asunto de señoritas, me ha dicho.


El atardecer tiene otro color, ahora que el humo se alza sobre los cerros. Son los incendios, repite mi madre, cada vez que se acerca a la ventana.

Alguien hizo callar las guitarras y en la carpa sólo se escuchó una carcajada. El que estaba detrás del petiso escupió antes de hablar: negrito, esta mesa es nuestra.

Le contesté que había llegado antes que ellos, por lo tanto podía quedarme ahí si quería. Se escucharon susurros. Un grupo de ocho o diez hombres nos rodearon.

¡Que te levantés, bellaco!, gritó el petiso, y el que estaba detrás largó un aullido. Éstos no me conocen, pensé antes de tomar un trago. Les dije que no me molestaran, que no sabía quiénes eran y quería terminar la noche en paz. Uno me trató de cobarde y el otro, el petiso, agarró mi botella de vino. Vení, vení para acá, me dijo, mientras se la llevaba a otra mesa.

No sé usted, pero pienso que con algo así basta para que un hombre reaccione. Nadie dijo una sola palabra, ni siquiera yo, que los miraba con atención. Había un soldado con un fusil. Había otro parecido a él, más joven, con las manos vacías en ese momento, que después me atacaría con una lanza.

15 de agosto. Esta mañana volvió papá. Lo escuché bajar del caballo, caminar por el patio. Al rato abrió la puerta de una patada y entró. Tenía la ropa manchada con sangre, el puñal en la mano. Mamá le ofreció una camisa limpia. Él la ignoró y después le dijo que estaba apurado. Ya van dos semanas que actúa así.

Mamá dice que son los incendios, que el fuego se acerca haciendo cenizas todo lo que encuentra.

Ya casi no pregunto qué pasa. Estoy segura de que me mienten, se lo dije ayer a Teresita. A ella le prohibieron hablar de este tipo de cosas. Su padre y su hermano todavía no han vuelto.

Estos no me conocen, dije en voz baja; recordé las palabras de mi madre, que siempre me aconsejaba dejar quieto el cuchillo, retirarme en caso de pelea. No vayas a terminar como tu padre, me decía.

Le aclaro que no soy pendenciero. Pero cuando me buscan, no tardan en encontrarme. Mi padre me enseñó a defenderme, a trabajar y a respetar a los demás. Yo no entendía por qué actuaban así conmigo, pero estaba seguro de algo: me estaban atacando, me estaban faltando el respeto. Era una injusticia y mi padre decía que la obligación de todo hombre era luchar contra los injustos y los guarangos.

16 de agosto. Sé que me mienten. Mamá ya está guardando todo en las valijas. Anoche volvieron a discutir. Ella no quiere dejar la casa. Apuráte mierda, vienen degollando y violando a las mujeres, apuráte, le ha gritado él.

18 de agosto. Igual que ayer. El fuego está más cerca. Las ráfagas me acercan el olor de los pastos quemados. Esta mañana vi pasar carretas llenas de bolsas. Llevan maíz, según mamá. Llevan lo que pueden salvar de las llamas, dice.

Hace un rato han vuelto a discutir. Mamá le ha dicho que estaba hecho un diablo. Pero él actúa como si no escuchara.

El petiso había dejado la botella sobre la mesa que estaba cerca de los guitarreros y volvía hacia donde estaba yo. Me paré, me saqué el poncho y lo puse sobre la silla. Te ha hecho calor, dijo el otro, mucho más alto que yo y de pecho amplio. Escuché que reían mientras el petiso tiraba cebo de vela sobre mi poncho. Eso ya era un abuso.

Mi madre me enseñó utilizar la palabra; de mi padre aprendí el uso del puñal cuando la palabra no alcanzaba. Para eso me había obsequiado un cuchillo de madera y todas las tardes, al volver de su trabajo, me enseñaba los secretos de su manejo. Aprendí a marcar, a herir, a matar.

Empuñé el cuchillo sin hablar y tiré mi poncho encima del petiso.

El más grande estiró el brazo para agarrar una botella y le brilló un botón: le puse el puntazo justo al lado de la bolilla de metal y lo dejé quieto. Al otro no le di tiempo de sacarse el poncho de la cara: se la puse en el cuello.

19 de agosto. Ya está toda mi ropa en la valija. Pasado mañana salimos hacia el sur. Papá, en cambio, va a quedarse acá. Dice que después se unirá a nosotras, que vayamos tranquilas. Ha envejecido bastante, o al menos eso me parece. Lleva días sin bañarse, sin siquiera afeitarse.

Me ha dicho que tal vez se cruce con Eusebio. Le pedí que le entregara un sobre. Me ha prometido que lo hará.

Le regalé mi lazo de pelo. Lo voy a llevar aquí, hija, me ha dicho. Se lo ató en el brazo izquierdo. Sé que le va a dar suerte en lo que sea que le toque hacer.

No he tenido noticias de Eusebio. Estoy preocupada y se lo hice saber a mamá.

Escribo para tranquilizarme, como aquellos que se ven sorprendidos por una tormenta y la atraviesan pensando en los días de sol, pasados o por venir. 

Mientras lo hago escucho el murmullo de la gente que pasa por aquí, el grito de quienes arrean los animales, el canto de un gallo perdido entre el ruido de las carretas.

Uno de los hombres, el que alimenta el fuego, me ha preguntado quién soy. Me llamo Antonio Pérez Zelarayán, le he dicho mientras nos acomodábamos al costado del camino.

Hemos pasado gran parte de la noche charlando, quizá por temor al silencio.

Ahora desparrama las brazas con un palo. Hace un rato llegó el relevo. Mientras nos preparamos para dormir, se me ocurre contarle que cuando era niño tenía un cuchillo de madera. Lo había tallado mi padre, la punta redonda para que no me lastimara y mis iniciales en el cabo. Los atardeceres me recuerdan a él, le digo, el olor a bosta de vaca también.

Volvía cuando el sol era una rayita naranja sobre los cerros, se bajaba del caballo y me buscaba; me acariciaba la cabeza, la cara, y entonces yo sentía ese olor que, años después, reconocería en los lazos de los gauchos que arreaban el ganado hacia el norte; me preguntaba por mi madre y, sin escuchar la respuesta, me decía “traé el cuchillo”.

21 de agosto. Esto es una locura. Afuera, los gritos de mi madre se mezclan con el crepitar de las llamas que cubren la pieza del fondo.

Hace un rato estuve mirando hacia afuera. Un hombre a caballo apareció detrás de la pieza incendiada. Se bajó, caminó hacia la ventana y me preguntó por mi padre. No hizo falta que le respondiera, papá ya se acercaba. Se saludaron, acercaron la carreta y comenzaron a cargar algunos muebles, las valijas, comida y herramientas.

Antes de salir, papá nos abrazó y nos dijo que nos vería allá, en el sur.

Me llamo Antonio Pérez Zelarayán, le digo.

Entonces es usted, me dice el joven y me pide que lo siga.

Hay un arroyo y, del otro lado, a la sombra de un árbol de tala, un grupo de no más de diez soldados. Me dice que lo espere, se adelanta unos pasos y grita: Don Miguel, acá está el que usted mandó a llamar. Al rato, le responden que me lleve. Cruzo el arroyo (angosto y de poca profundidad) y me detengo.

Miguel Aráoz, un gusto, me dice el hombre a quien he salvado hace unas horas. Quiero agradecerle el gesto, muy valiente de su parte, dice con la mirada puesta en las manos de quien le venda la pierna. Le digo que para eso estoy, y me contesta que puedo pedirle lo que necesite.

Uno de los patriotas quería entregarle esto a un tal Eusebio. Espero que usted pueda, digo, y le alcanzo el papel.

El hombre había caído a la orilla del río que llaman Las Piedras. Quise llevarlo conmigo, pero se negó a subir al caballo, y de su pecho ensangrentado sacó un sobre que, según él, era para Eusebio.

¿Eusebio? ¿Quién será ese tal Eusebio?, dice Don Miguel.

Señor, mejor cumplir los deseos de quienes mueren en batalla.

Claro que sí, dice mientras lo agarra. Se lo voy a dar… primero tengo que encontrarlo.

Se queda callado un rato, guarda el sobre y me dice: voy a felicitar a Díaz Vélez por la calidad de hombres que comanda. Tengo un obsequio para usted, agarre.

22 de agosto. Temo que, al volver, nada sea igual. Los campos, los animales, el canto de los pájaros: todo ha quedado atrás, devorado por las llamas, borrado por el humo. Nuestro árbol y aquel beso, la promesa y lo que talló Eusebio con su puñal. Me pregunto si todo eso también ha sido devorado por el fuego.

La marcha es lenta, como las horas que alimentan esta pesadilla. A medida que nos alejamos, los gritos y lamentos van cesando. El cansancio y la resignación han ido callándonos de a poco. Ahora sólo se escucha el resoplido de las mulas que tiran de las carretas. De a ratos, un hombre a caballo se nos adelanta, da algunas indicaciones a quienes llevan la delantera y regresa a la retaguardia. Dios bendice a quienes contribuyen, con su esfuerzo, a la causa sagrada de la patria, dice.

El hombre estaba tirado a la orilla del río. Me bajé del caballo y me acerqué. Vi que llevaba el distintivo; quise ayudarlo, pero no me dejó. Me preguntó si era patriota. Saqué el puñal y le mostré la cinta que llevaba atada. Me dijo que lo mismo daba, que fuera patriota o no. Me dijo que ya no le quedaba mucho. Me dijo algunas cosas más, mientras metía una mano en el bolsillo de su chaqueta, sacaba un sobre y me lo acercaba.

Hagalé llegar esto a Eusebio. Juremé que se lo va a entregar. Lo prometí y ya ve que no lo voy a poder cumplir, me dijo.

Arrancó un lazo de pelo que tenía atado en su brazo izquierdo y lo apretó contra su pecho. Cerró los ojos, se acomodó de costado, dándome la espalda, y no me habló más.

Me guardé el sobre y lo dejé tirado ahí. Mientras me alejaba creí escucharlo llorar. O tal vez hayan sido unas últimas palabras dirigidas al viento, a la nada, a algún ser amado. Tal vez. O quizá el último gramo de aire previo a la muerte.

30 de agosto. Seguimos camino. El hombre a caballo va y viene. Él es quien nos dice cuándo detenernos, cuándo seguir. Mientras mastico el charqui, escribo. Durante el descanso anterior terminé otra carta para Eusebio. Se la daré en cuanto lo vea.

El hombre a caballo acaba de pasar. Anochece y el río está próximo, puedo escucharlo. Dice que mañana, al alba, vamos a continuar el viaje. Yo aprovecho las últimas luces para escribir.

Me pregunto si mi padre ya ha visto a Eusebio. Nadie sabe decirme cuánto más nos falta recorrer.

Durante el almuerzo escuché rezar por los patriotas. Una mujer pidió a Dios que protegiera a nuestros hombres. Intenté hablar con mi madre, pero una vez más se negó a decirme la verdad.

Piense que va a luchar por su libertad, me había dicho el general Díaz Vélez. Estábamos solos, con una botella de vino tinto de por medio y una vela que iluminaba nuestras caras de forma negligente. Un rato antes había escuchado mi versión de los hechos y, después de unos minutos de silencio, me había dicho: gente como usted va a hacer falta. Dos o tres hombres, entre ellos el viejo que me había detenido, se negaron a aceptar que me dejaran con vida. Ha matado a dos de los nuestros, argumentaban con razón.

Por eso mismo, si quiere seguir con vida va a tener que enmendar esa pérdida: peleará por la patria como si fuese dos, hasta tres hombres… ¿Será capaz?, había dicho Díaz Vélez, mirándome a los ojos.

Más tarde me hicieron pasar a una pieza. Entró Díaz Vélez y dejó una botella de vino y dos vasos. Sirva, me dijo. Vengo a hacerle una propuesta.

5 de septiembre. Por encima de los sombreros y pañuelos, he podido observar a los que habían salido primero, allá lejos, subiendo o bajando alguna loma.

Recordé las veces que mi padre había entrado en la casa y le había pedido a mi madre que le ayudara a guardar la leña. Se viene un temporal, decía, mientras acomodaba los troncos en un rincón. Yo me acercaba a la puerta, los veía correr con la leña en brazos, y más allá veía la marcha sin prisa de las nubes. Algunas, las más bajas, caían a pedazos sobre los cerros y se quedaban ahí. Temporal, repetía él, mientras guardaba la leña, ayudado por mi madre.

Yo no dejaba de mirar las nubes: iban hacia el norte, empujadas vaya a saber por qué viento, que nosotros acá no percibíamos. Cubrían los cerros y era como si el espacio entre cielo y tierra se hubiera estrechado de repente. Y ellas ya no avanzaban, ni retrocedían. Se quedaban ahí, cubriéndolo todo. Después venía la lluvia.

La gente, los animales, el paso continuo, me recuerdan las nubes del temporal.

Antes de seguir camino, Manuel Belgrano se acerca a nosotros. Sepan que este pueblo ha contribuido en todo, dice. Tanto los hombres que sirven a esta causa, como sus mujeres e hijos, que han ayudado a que el enemigo no encuentre más que vacío y soledad, y con esto lo han debilitado, dice mientras nos recorre con la mirada.

Sepan también que cada uno regresará a su hogar y que el futuro les tiene reservado un lugar de privilegio entre quienes han peleado por romper las cadenas de la opresión y la esclavitud, a lo largo y a lo ancho de nuestra tierra, dice.

También dice que hemos aguantado un ataque, con una sola pérdida y algunos heridos, y que eso es una señal: Dios y la Virgen nos iluminan y nos acompañan en el camino hacia la victoria.

3 de septiembre. Durante toda la mañana he visto cuatro cuervos que volaban sobre nuestras cabezas. No los he perdido de vista ni un segundo. Volaban en círculo. De a ratos, uno se desprendía del grupo, daba unas vueltas en soledad y volvía.

Hemos parado para almorzar. Otra vez charqui. El hombre a caballo ha pasado diciendo que debemos rezar por el descanso de quienes van quedando en el camino.

Mi madre se ha persignado tres veces cuando le señalé el cielo.

Ya estoy arriba del caballo y me quedo unos segundos mirando la mano que aprieta el lazo. No pienso, o mi pensamiento no es más que eso que miro: una mano que sujeta un lazo.

Comienzo a andar, y ahora tengo todo ese cielo limpio, sin nubes, encima de mi cabeza. Parece interminable, algunas nubes sobre los cerros me ayudan a distinguir el límite con la tierra.

A los pocos metros me alcanza Díaz Vélez. No se olvide: es su libertad, la de todos, dice y se adelanta. Me lo ha recordado cada vez que me ha visto, a lo largo del camino. No va a dejar de hacerlo, está en todo su derecho.

Es mi libertad, la de todos, repito, mientras lo veo alejarse levantando polvo. Más arriba, tres pájaros negros dan vueltas, coronan nuestra marcha. De a ratos, uno se desprende del grupo, da unas vueltas en soledad y vuelve a unirse a los otros.

6 de septiembre. Me pregunto si Eusebio ya ha leído la carta que le mandé con papá. Todavía no tengo noticias de ellos. Sé que Dios y mi amor los acompañarán y nos reunirán a todos, en el lugar que le parezca más apropiado.

Atardece. A medida que el sol se apaga comienzan a encenderse algunas estrellas. El fuego ya alumbra y calienta a quienes nos hemos parado a descansar.

Hasta ahora, todo lo que hemos hecho es dejar fuego a lo largo del camino, le digo a uno de los hombres. Me mira, mientras desparrama las brazas.

Se ríe y me pregunta quién soy. Me llamo Antonio Pérez Zelarayán, le digo, mientras me acomodo cerca de las llamas para pasar la noche aquí.

Mejor va ser dormir, ahora que ha llegado el relevo, me dice.

Me quedo mirando la leña encendida: todo está siendo fuego hasta ahora. Todo. En unas horas, cuando comience a clarear, los bordes del cielo también van a tener ese color. Va a ser como todo este fuego, la señal de que tenemos que seguir camino al sur.



20:29:00

Encuentro


Cuando llegué, ya estaba sentado y miraba hacia la calle. No era como me lo había imaginado. Me quedé un rato parado en el umbral. No me animaba a hablarlo, no sabía cómo empezar.

El bar olía bien: suavemente a todo, el aroma en su justa medida; algo de madera, de café, de güisqui. Seguramente ese otro aroma, que yo creía de flores, me llegaba desde las mujeres ahí presentes: de algún perfume caro que les había cubierto el cuerpo.

Cuando advirtió mi presencia, hizo una seña con la mano: la levantó, mostrándome la palma, y sonrió.

Caminé hasta su mesa. Se paró, tenía mi estatura, y nos saludamos con un apretón de manos.

-¿Cómo estás?- dijo.

Me quedé callado, no sabía qué responder. Tal vez debí haberle dicho: “bien ¿y usted?”. Pero no me salió. Lo miré, le sonreí y me senté.

-¿Tomamos algo?- me dijo con soltura. Me hablaba como si me conociera de toda la vida.

-¿Algo como qué?

-No sé. Un café, gaseosa ¿qué te gusta?

-Un güisqui.

-¿Güisquí?

-Sí, doble.

Asintió sonriendo y eso me agradó. Pidió dos güisquis dobles. Yo sabía que le gustaba tomar güisqui. Todo lo que sabía sobre él me lo había contado mi madre: su nombre completo, su profesión, sus gustos.

-¿Hacés deportes?

-Sí- le respondí-.Vóley, básquet... aunque me gusta más el fútbol.

Me miró un rato, en silencio. Me estudiaba. Se fijaba en cada detalle: mis palabras, mis gestos. Todo.

-Usted se jubiló el año pasado ¿verdad?- dije.

-Sí, es así. Parece que estás al tanto de mi vida.

-No mucho, Sólo lo más importante.

-Ah... —dijo y se rió- ¿Estudiás?

-Sí. Estoy en tercero de abogacía.

-Mirá vos, ¿sabés que yo...?

-Sí, pero no lo hago por eso.

-Entonces te gusta leer ¿verdad?

-Es lo que más hago.

-A mí también me gusta leer. ¿Te interesa algún género en especial?

-Depende. Leo de todo, aunque prefiero ficción.

-En mi caso, mi profesión requiere que lea cierto tipo de libros: política, criminalística... ese tipo de cosas -dijo y se calló. Yo tampoco hablé, así que todo quedó ahí, unos segundos en silencio, porque él era quien llevaba adelante la conversación, yo sólo respondía.

Afuera seguía todo tan luminoso como cuando entré al bar. La ciudad brillaba y era como si el inundo fuese más claro. Los autos iban y venían. Vendedores ambulantes a los costados y en cada esquina, sentados sobre la vereda, a la sombra de los edificios; cuando algún semáforo daba rojo se paraban rápidamente y caminaban hacia los autos detenidos.

Dejé de mirar todo eso cuando me preguntó si prefería algún autor o temática. Le respondí, sin mirarlo, que me gustaba leer a Saer, Soriano, Arlt, algo de Pavese y Hemingway, y también un poco de Faulkner.

-Ah, mirá qué bueno -me dijo-. Te recomiendo que leas algo de Carver, Salinger... Cheever también es bueno.

-Los voy a tener en cuenta- le dije.

-¿Otro?- dijo, alzando su vaso, mirándome a los ojos.

-Otro- respondí.

Quizá haya sido el güisqui, o tal vez la confianza había crecido en mí; lo cierto es que tomé la iniciativa y hablé. Le dije que escribía. El me miró, asintió, echando las comisuras hacia abajo, y me preguntó qué escribía.

-Cuentos, muchos cuentos. Además tengo lista una novela y estoy empezando otra.

-¿Publicaste algo?

-Un solo cuento, en una revista. Nada más- le respondí. El tomó un trago. Yo hice lo mismo.

Si hubiese mirado hacia afuera, tal vez hubiera podido calcular cuánto tiempo había pasado desde mi llegada al bar. Pero no lo hice: mi mirada se quedó en el reflejo anaranjado sobre los vasos.

-¿Alguien te enseñó?- me dijo de repente.

-No. Mi mamá dice que es herencia… pobre, cree que ese tipo de cosas se heredan.

-¿Por qué no? Mi hermana escribe libros de política, biografías, artículos periodísticos.

-Ya lo sé.

-Vos sabés mucho- me dijo con ironía.

-No vivo en una burbuja- le dije, con más ironía.

Largó una carcajada y me dijo que yo le parecía una persona inteligente. Le contesté que mi madre decía que eso, también, lo había heredado. Dejó de sonreír y me miró; estaba serio, pensativo. Antes de hablar, suspiró.

-Tu mamá te habla mucho de mí- dijo.

-Antes. Ahora casi nunca.

-¿Cómo está ella?

-Muy bien... ¿le interesa saberlo?

-¿Por qué no?

-Porque ella cree que no... Igual, ya ni le importa.

-¿Qué otra cosa te contó?

-¿Hay algo más?- pregunté. Lo notaba nervioso.

-A ella le gustaba leer. Yo le recomendaba libros, se los prestaba- me dijo sin mirarme. Su tono había cambiado, hablaba como si le costara pronunciar cada palabra.

Callamos. Ese silencio entre los dos, sospeché, era definitivo. Me preguntaba cuál había sido la palabra que, como una flecha, había dado en el corazón del asunto. Miré hacia fuera y vi que atardecía. Todo estaba claro aún, el sol no se había ocultado por completo.

Tuve la necesidad de volverme hacia él, quería memorizar su rostro. Me miró de repente, a los ojos. Parecíamos personas totalmente distintas a las que habían estado hablando hacía un instante.

-Supongo que querrás terminar tu carrera, comprar libros, seguir escribiendo.

-Eso es lo que quiero- respondí, mientras él me acercaba un sobre. No me sorprendí: así había resuelto el asunto con mi madre, así resolvía todo. Lo miré y le dije que no me sorprendía.

-¿Cómo decís?

-Hace veintitrés años hizo lo mismo con mi madre. Si ella hubiera aceptado aquel sobre, yo no estaría aquí.

-¿Eso también te lo contó?

-¿Por qué no? Es parte de lo que soy.

Callamos nuevamente. No volvimos a hablar, no había de qué hablar. Salimos. Si alguna vez tuvimos algo pendiente, quedó saldado en aquel bar. Abrió la puerta de su auto y me miró. Lo miré también, le di la espalda y comencé a caminar. No le dije nada, no me despedí. Las luces de algunos comercios comenzaban a prenderse.

-Ariel- me dijo. Volteé: estaba parado junto a su auto. -Mirá eso... ¿no es el mejor final para un cuento?

Miré hacia el oeste: el sol, una fina línea anaranjada, casi rojiza; más arriba, algunas nubes parecían prenderse fuego. Volví a darle la espalda sin hablar. Y caminé, dejando atrás algo más que el gran incendio de aquel atardecer.


20:57:00

La Caída


El criminal se agazapa, se esconde, pero siempre deja la cola afuera, que es por donde lo toma la justicia.

José Hernández


Canarito está apoyado contra la pared. Ha tomado un trago de vino con gaseosa, le hace la última seca al cigarro y lo tira. Se queda un instante mirando la colilla, que todavía humea.

El Sapo se divierte apostando una cerveza a que escupe más lejos ¿Alguno se le anima? Sí, hay uno. Canarito no lo conoce, pero lo mira y sabe que va a perder. El Sapo siempre gana las apuestas, de cualquier manera. Así que se para al lado de su oponente. Escupen. Canarito mira al Sapo: es el mismo que horas antes le ha reventado la nuca a un hombre, en la puerta de un autoservicio. Es probable que la policía los busque por eso. Quizá el Sapo lo sospeche, pero no parece preocuparse: se muestra feliz y juega como un niño.

Debería levantarse, irse: Canarito sabe que si lo agarran le van a cargar un muerto a él también. Aunque haya estado desarmado en ese momento, aunque explique que no sabía que el Sapo iba a disparar. Aun así, le van a cargar un muerto.

Y sin embargo, no se mueve. Tirado contra la pared, mira al Sapo ganar su apuesta: es quien escupe más lejos. Todavía no se le ha ido el sabor del último cigarro y ya saca otro; mientras le hace la seca larga para que prenda, el Sapo le acerca una botella de plástico cortada a la mitad, llena de cerveza con gaseosa. Es la apuesta, Canarito, le dice. Tomá, salú.

Canarito toma un trago, largo como de costumbre, sin pestañear siquiera. Se miran sin hablarse. El Sapo le da la espalda, camina unos pasos y se detiene. Se vuelve y le dice que no siempre se gana. Y que empatar no existe. Está acuclillado, lo mira a los ojos y le habla con un tono suave, como nunca antes lo ha hecho, con una mano sobre el pecho de Canarito y bebiendo del mismo vaso. Canarito lo escucha callado.

Vos quedáte en el molde, dice el Sapo. Mirá ¿ves allá, ese Taunus hecho mierda?

Canarito mira: hay un Taunus desarmado, sin puertas ni vidrios, sin capó ni motor.

Si llega la cana, te tirás ahí, dice el Sapo. Tiráte abajo, ¿sí?

Canarito asiente. No lo mira, pero le dice que sí, que así lo va a hacer. Pasan unos segundos en silencio. De golpe, Canarito le pregunta si está seguro de que van a llegar. El Sapo le dice que no, que lo sospecha.

¿Qué vas a hacer si vienen?, pregunta Canarito.

El Sapo ríe: nada. De esta no salimos limpios ninguno de los dos. Lo tuyo no va a ser tan jodido: te van a guardar un tiempo. Si te hacés bien el boludo vas a ver cómo te largan en un rato. Pero si me cazan a mí, no salgo más. No salgo más, por eso me la tengo que jugar, dice el Sapo y vuelve a callarse. Se para y le estira la mano: dale, Canarito, vamos a chupar.

No. Dejame acá nomás, tranqui.

El Sapo le da la espalda y se va. Comienza a sonar una canción, alguien sube el volumen y la música borra por completo las risas y las conversaciones.

Canarito mira alrededor: casi todos están borrachos. Y los que no, están a uno o dos vasos. Los conoce bien: arrebatadores la mayoría, un motochorro. También está el díler del barrio. No son gente de confiar, todos merqueros. Ni siquiera lo miran. No lo han hecho desde que llegaron. El Sapo baila cumbia solo. Tampoco lo mira, parece haberlo olvidado. Todos parecen haberse olvidado de Canarito, que ahora saca su paquete de Richmonds y saca un cigarro. Comienza a fumarlo tranquilo; resignado, más bien. Con miedo, quizá. Mueve el pie, le tiemblan las manos.

En media hora verá las ramas de los árboles; verá las luces de los móviles reflejadas en ellas. Se parará y se quedará mirando hacia la puerta. No hablará, se va a quedar mirándole la cara al Sapo, viéndolo bailar solo, dando vueltas al ritmo, con la camisa abierta a medias y la mirada perdida. Canarito se arrodillará y mirará hacia el Taunus. Sin perderlo de vista, gateará hasta él. Va a sonar el primer tiro. Imposible distinguir desde dónde. Ya debajo del Taunus, va a ver a los amigos del Sapo desparramarse. Algunos empuñarán su arma y buscarán el lugar apropiado para disparar. Otros intentarán escapar. Habrá uno que, al ver a Canarito debajo del auto, intentará refugiarse también. Correrá hacia el Taunus pero un balazo le reventará la oreja. Canarito lo verá golpear su cara contra el piso y verá su cuerpo tendido, sacudirse unos segundos.

Ahora larga el humo en un suspiro y tira la cabeza hacia atrás. Se queda mirando las ramas del siempreverde, quizá por ver algo diferente a lo que siempre mira: borrachos, cajas de vino, monedas, botellas de cerveza, balas, putas, colillas, sangre.

Fuma y mira hacia arriba, buscando el cielo. Y sólo ve las ramas que, aunque no lo sabe, le anunciarán la llegada de la policía. Cuando eso ocurra va a hacer lo que el Sapo le ha dicho. Verá caer a uno, baleado en la oreja. Más allá verá dos, tres policías vestidos de civil. Detrás de ellos, un enjambre, vestidos de negro. Oirá varios disparos, gritos. La cumbia sobrevivirá a todo. Verá caer a un policía, agarrándose la panza con las dos manos, olvidando la nueve en cualquier lado. Verá a dos amigos del Sapo caídos, ya muertos. Y por fin lo verá al Sapo, arrodillado, apoyado contra la pared. Ya sin su fierro y con dos agujeros en el pecho desnudo, la camisa manchada. El Sapo le devolverá la mirada. Mirará hacia el Taunus, quizá para asegurarse de que Canarito le ha hecho caso; después apoyará su frente en el suelo, se tirará, primero boca abajo, después de costado. Y se quedará quieto.

Por ahora el Sapo sigue bailando solo, con los brazos abiertos, dando vueltas como un trompo. Canarito fuma y mira alrededor. Todos lo ignoran. Debería levantarse, salir corriendo. Sin embargo, lleva el cigarro a la boca, chupa, larga el humo en un suspiro y tira la cabeza hacia atrás. Se queda sentado, mirando hacia arriba.

Le hace la última seca al cigarro y se para. La tiemblan las piernas. Se arrodilla para gatear hacia el Taunus y voltea hacia las ramas del siempreverde para asegurarse: sobre ellas bailan ráfagas de luz. Al rato suena el primer tiro.



Relato publicado

Link: La Caída




02:02:00

Miedo




Estaban tirados, bocarriba, sobre una manta. Los pies de ella, desnudos, rozaban el pasto. Él, en cambio, se había puesto las medias y comenzaba a calzarse las zapatillas.

—¿Te pasa algo? —dijo ella.

—No.

—¿Entonces?

—Es que… deberíamos irnos ya.

—¿Irnos? Yo no me quiero ir, íbamos a ver el amanecer.

—Cambié de planes.

Se miraron en silencio. Él volvió a sus zapatillas: se ataba los cordones. Ella seguía sobre la manta, casi desnuda, mirándolo a él.

—Es eso otra vez ¿verdad? —dijo ella. Sacó la remera que tapaba su entrepierna y se la puso. Él la miró, le gustaba ver su cuerpo a medio vestir.

—¿Eso? No entiendo… —dijo él.

—Me refiero a lo que hablamos hace unos días.

—Ah, eso —dijo. Se paró y buscó su remera. Las palabras, los movimientos, todo en ellos era de una lentitud desesperante, como si tuvieran que pensarlo cinco veces antes de hacerlo.

—¿Hasta cuándo? —preguntó ella.

—Ya es tarde. La gente comienza a andar.

—Yo me voy a quedar aquí.

—Vamos.

—Te repito: yo me quedo aquí —insistió ella. Volvieron a mirarse en silencio. Ella sacudió la cabeza, hizo un gesto y volteó hacia el cielo—. Me das lástima —dijo, ya sin mirarlo.

Arriba todo comenzaba a aclararse, primero desde el este, borrando lentamente las estrellas. No tardaría en salir el sol. Él buscaba su remera. Ella seguía sobre la manta, la cara hacia el cielo, semidesnuda.

—Deberías vestirte —dijo él.

—Así estoy cómoda.

—Está bien, ¿has visto mi remera?

—¿Tu remera? ¿Qué se yo dónde está tu remera?

—No la encuentro… podrías ir vistiéndote, nos tenemos que ir.

—Cuando encuentres tu remera, me visto.

—Si te vistieras, podrías ayudarme a encontrarla.

—Pero yo no me quiero vestir.

—Por favor, hablo en serio.

—¿Hablás en serio? ¿Desde cuándo? Vos nunca hablás en serio.

—Por favor… amanece.

—Entonces, si hablás en serio, ¿por qué no me explicás lo que te pasa?

—Me quiero ir, eso es todo. Me hace frío.

—¿Y así es como se terminan las cosas para vos?

—Por hoy, todo ha terminado.

—¿Acaso no íbamos a ver el amanecer?

—Habrá otra oportunidad. Hoy no.

—Andate solo… yo me quedo.

—Si eso es lo que querés, me voy. Ahora necesito mi remera.

—Buscala solo.

—¿Podrías ayudarme? Tengo frío.

—Por mí, congelate.

—Por favor.

—No sé dónde está, buscala por ahí, sobre el pasto…

Durante unos segundos no se movieron. Tampoco hablaron, ni se miraron. De repente, ella soltó una carcajada.

—Me lo imaginaba —dijo él, al tiempo que la miraba—. La tenés vos. Dámela ahora…

—Estás loco, yo no la tengo.

—¡Dámela ahora! —gritó él.

—Fijate en la mochila, llorón.

Hubo otro silencio breve. Él caminó hacia la mochila, se arrodilló, la abrió y metió la mano. Estuvo un rato así, con la mano dentro de la mochila, la espalda desnuda, encorvada. Ella soltó una risita y él la miró y dijo: —Me imaginaba. Éstas son las cosas que te hacen feliz.

—¿Te parece que soy feliz? ¿Esto es felicidad?

—Son las pequeñas podredumbres que te llenan de alegría —dijo, aún arrodillado, sin sacar su mano de la mochila.

—Vos perdés tu remera y yo soy la culpable. ¿Así funcionan las cosas?

—No es la remera —dijo él. Estuvo unos segundos callado, sacó su mano de la mochila—. Es la forma de actuar, tus mecanismos.

—Yo no soy una máquina, no tengo mecanismos.

—¡Mierda! ¿Una vez en la vida podrías dejar de hacerme sentir una basura?

—¿Alguna vez en la vida podrías dejar de arruinarlo todo? Sólo quería que cumplieras tu promesa, sólo quería ver salir el sol a tu lado. ¿Es mucho pedir?

—Si no sos feliz conmigo, podés buscarte otro.

—No digás pavadas. Quiero que salgamos de todo esto… juntos.

—No puedo, no sé. No te entiendo.

—Es simple. Salgamos de esto juntos… como un equipo de rugby, todos hacen fuerza…

—Sí sí, ya sé: empujan hacia el mismo lugar. Perdóname, pero no es mi estilo.

—¿Estilo? ¿Desde cuándo te preocupa tu estilo?

—Dejá de burlarte.

—No me estoy burlando, es que simplemente sos patético.

—Está bien, soy patético y me voy.

—Claro, esa es tu manera de solucionarlo. ¿Hasta cuándo?

—No sé, pero creo que no nos queda mucho.

—Bueno, como quieras. La próxima vez no voy a abrir la puerta, no voy a atender tus llamados ¿está claro?

—Me quiero ir, ya es de día.

—Es eso de nuevo ¿verdad? Es ese maldito miedo que te obliga a hacer todo esto…

—¡Oh, otra vez lo mismo!

—Son ellos y su vida de mierda. ¿Cuándo fue?

—No. No es por eso.

—Entonces ¿qué te pasa?

—No sé. Es… no me siento seguro.

—Antes de desnudarme parecías el hombre más seguro del mundo. Y hasta eras dulce. Siempre es así. Empieza como un cuento de hadas y acaba como la más estúpida película de terror. ¿Hasta cuándo?

—A veces las cosas no son como uno quisiera.

—¿Hasta cuándo? Su vida de mierda no tendría que afectarnos. No es justo. Yo no soy ella y vos no sos él. Al carajo sus peleas. Nosotros somos otra cosa.

—Esta vez me voy, en serio.

—Es miedo ¿verdad? Tenés miedo de que acabemos así. Y lo peor es que acabamos igual que ellos ¿te das cuenta? ¿No te parece estúpido? Siempre decís que no querés que terminemos como ellos ¡y es eso mismo lo que nos lleva a terminar de la misma manera!

—Ya es de día, me voy. Te llamo a la tarde.

—No te voy a atender.

—Me vas a atender, siempre lo hacés.

—Esta vez no, esta vez es definitivo.

—Eso lo decís siempre… no te creo.

—Esta vez va en serio.

—Chau, me voy.

—Con vos se va nuestra última oportunidad —dijo ella. Pero él ya se alejaba, dándole la espalda, mirando al suelo, con el torso desnudo—. ¡Eh, acabo de encontrarla! —gritó, mientras agitaba una remera negra.

No se detuvo, caminaba lento. Necesitaba llegar a su casa, darse un baño, dormir. Se movía entre gente correctamente vestida que volteaba para mirarlo o, simplemente, se esforzaba para no hacerlo. El sol le pegaba en la espalda desnuda. Sólo quería llegar a su casa. Bañarse. Necesitaba dormir, sólo dormir.


17:06:00

Una misma lluvia


Esa tarde nos refugiamos de la misma lluvia. Los charcos brillaban como trozos de un espejo roto sobre la avenida. Un espejo roto que se rompía en mil más cuando un auto le pasaba por encima. Pero se armaba de nuevo, un rato después, y volvía a pasar otro auto y así...

No lo mirabas de esa forma. Era otra cosa, según me dijiste después. Y sé que pensás que no te entiendo y que alguien más, en algún lugar del mundo, siente la lluvia como vos. No vas a creerme si te digo que ayer escuché a un amigo hablar de lo mismo y me asustó la idea.

Me señalaste la vereda: las gotas se estrellaban sobre un charco y formaban círculos, anillos. Tienen ritmo, me dijiste. Yo te miré. Habíamos estado hablando antes y no me había hecho bien. Tenía ganas de irme, de olvidarme de vos y de todos por un rato. Precisaba caminar bajo la lluvia, que me limpiara, y amanecer como todo lo que ha sido tocado por sus gotas: limpio, cristalino, renovado y fresco.

Las luces de la calle se habían prendido un rato antes. Las nubes oscuras parecían muy bajas y por un momento pensé que si levantaba mi mano podría tocarlas. Pero no hice nada de eso, me limité a responderte que todo en la vida tiene ritmo, todo.

Tienen ritmo, mirá, me dijiste. Y otro auto rompía un charco y las gotas de agua sucia caían cerca de nuestros pies. Nos alejamos unos pasos y nos apoyamos contra una pared. Desde ahí me señalabas los charcos y me exponías una extraña teoría del ritmo de las gotas.

Te miraba sin escucharte.

Hasta que dijiste que éramos como todo eso.

Como la lluvia, como el ritmo, como las gotas al caer.

Y yo pensé que debía prestarte un poco más de atención, porque me serviría para escribir un buen cuento, con una escena verídica y con algo interesante para contar. Quienes lo leyeran creerían que eso realmente había ocurrido, pero yo agregaría hechos y palabras inventados por mí y, al final, les quedaría la duda y no sabrían si se trataba de una confesión o un simple relato de ficción.

Y sólo escuché que decías "algún día vamos a llover así”. Sólo eso y algo más, a lo que respondí que lo importante era que lloviera.

Vos te subiste a uno de esos taxis rompe charcos y yo me quedé un rato más, repasando nuestra charla en mi cabeza. Iba a llegar a casa, iba a prender mi PC y escribiría todo tal cual lo habíamos hablado.

Pero tampoco lo hice. Olvidé la mayor parte de lo que dijiste y en mí sólo quedó la ciudad con sus nubes más bien bajas y el reflejo de las luces sobre los charcos, con todo lo que eso implica. De esa tarde y su lluvia sólo quedó esto, que vas a leer en cualquier momento.


21:13:00

Infidelidad



Deja todo en su lugar: la comida a medio hacer en la heladera, dos pantalones y una remera en el ropero, y el hijo en la escuela.

Hay un quiosco en la esquina: compra un cospel, una barra de chocolate, dos chicles. Se sienta en el banco de la plaza que no sabe nombrar.

Saca un sobre. Lo abre. Saca la carta y lee. Sonríe primero, y después llora sólo lo necesario. Saca una foto, del mismo sobre, la apoya sobre su pierna y la plancha con la palma de la mano.

La pone frente a su rostro, la aleja, la mira un rato: hay dos personas. Una sonríe. La otra mira al costado.

Con un dedo recorre las arrugas del papel, y tapa la única sonrisa.

Guarda todo en el sobre. Se levanta, se va.

Se hace tarde, termina un encuentro. Queda un banco vacío. Queda un niño en la escuela, la comida a medio hacer.